El ardiente enero hace burbujear el asfalto, no da tregua, mientras bocinazos impertinentes elevan la tensión al nivel de la temperatura capitalina. Nada más lejos de Chiloé, y su magia, que allí en la innecesaria agresión del taco a
En tanto, la franja verde aparece en el canal de Chacao mientrasel trasbordador se aleja del continente. Mi primera mirada tras muchos años de no visitarla se dirige a la estela de camiones cargados que dejan su seno, quizás sea una observación arbitraria, pero la madera, los salmones, los mariscos, parecen estrujados de esa ubre salada rodeada de olas y vientos helados.
Sin embargo, adentrándose rumbo a Dalcahue desde Ancud empieza a surgir su bono más preciado, su eco humano y silvestre, de tierra lejana, muchas veces aislada. De hecho, sus caminos y pueblos son menos agrestes, desde época reciente debido a los últimos impulsos “civilizatorios”. Las salmoneras, hallaron en su seno marino, campo fértil para su siembra viva de peces que crecen sólo para retornar a modo de divisas.
Pero lejos de los análisis bursátiles, este camino industrializador no solo de salmones, le ha cambiado el rostro al vivir cotidiano de los chilotes, cuestión que tratándose de estos chilenos de nacionalidad propia, viene a ser una cuestión gravitante a mi juicio.
Qué duda cabe que el corazón íntimo de Chiloé, es un fogón que no se apaga nunca. “Cuida tu fuego”, refrán antiguo entre los isleños, es tan literal como metafórico, pues representa la exigencia de estar atento a la llama de vida que alimentaba la cotidianeidad sureña en
El carácter del chilote se forjaba allí, a cualquier hora en el seno de su hogar según lo impusiera la faena, de la tierra o del mar, sin embargo los turnos, las cocinas a gas, y tanto invento que llegó “poray”, cambiaron ese escenario bucólico y fantástico, que es más una nostalgia larga, que un cuadro cultural presente.
La brizna del tejido humano chilote, como es natural, se ha asentado en la conciencia en forma de turismo, de uno propio, orgulloso hasta el chovinismo. El chilote parece querer dólares simplemente por serlo, por ser único, y “cuidar su fuego”.
Pero en el mismo Dalcahue, el romanticismo de la vida de colono sigue allí, el pueblo es sin duda atractivo, no por nada fue la famosa locación del culebrón La Fiera de la mejor época de TVN en ese género. La localidad es un verdadero cruce de caminos que conjuga elementos típicamente chilotes, con servicios propios de una ciudad, en un punto desde el cual se puede llegar a Castro, capital de Chiloé con facilidad, así como adentrase al interior buscando pueblos menores, o sencillamente, cruzar hacia a la isla de Quinchao, hacia Curaco de Velez o Achao, donde encontrará la iglesia más antigua de
Por lo mismo, es un muelle para productos venidos desde los islotes cercanos al canal Dalcahue. Lanas, carnes, mariscos, quesos y pescados, llegan hasta aquí. Al interior del famosillo mercado de Dalcahue, destaca su cocinería, que en un solo recinto cerrado al borde del agua tiene varios locales que vociferan sabores remolones e intensos., Unas empanaditas de queso ácido, cremoso y un poco amargo, ponen en claro, que aquí las cosas son exquisitamente únicas. Y sus cocinaras no necesitan del método Mcdonalds para servírselas en minutos, llevan en el adn un recetario único.
Así como los trabajos de las artesanas de la lana, los talladores y artistas que venden en ese bazar colorido y bullicioso, en el que se convierte cada domingo, como un guiño de identidad reflotado en cada trabajo. No pierda la oprtunidad de conversar con ellos.
En tanto, si la idea es adentrarse en la isla, es necesario ir a conocer el chiloé interior, para la cual se debe salir hacia Mocopulli desde Dalcahue, buscando orillar el canal del mismo nombre, para encontrar paisajes propios de las postales, pueblitos, y caletas de pescadores, como San Juan (ver recuadro).
A mitad de camino de allí, busco un Molino de Agua, cita recomendada por los locales. Halló mi anfitrión en el trayecto junto a su perro pingao, Freddy Díaz de 21 años, quien empatiza como si estuviera siguiendo instrucciones de un típico recetario para relaciones humanas, pero en el es natural. El joven me guía al interior del campito paterno a un par de kilómetros de la iglesia de dos torres de Puchabrán, hasta donde el patriarca instaló su molino de agua tradicional usado antaño para moler el grano a partir de una corriente de agua cristalina. En el sendero a veces barroso de unos
El negocio encierra la comercialización de lo cotidiano, sin embargo, existen aún espacios propios de los chilotes, que aunque abiertos para todo el mundo, son una esfera única, que se explica a sí misma, sin instructivos ni guía turístico. Es el caso de las carreras a la chilena en La Isla.
Allí, la exigencia ha llevado a que los caballos no sean ya alazanes caseros, que durante el día tiran el arado, y el domingo, se lanzan con un jinete a pelo a desafiar la suerte, ahora, la sofisticación lleva hasta corceles árabes a las canchas insulares, siendo una actividad de un arraigo tan profundo, que sigue siendo un evento machista, y folclórico.
En cada cancha de Chiloé se instala una cocinería para todo el día, esta vez, en Curaco de Velez, donde las únicas mujeres locales que verá serán sus ocupantes, todas las demás féminas son foráneas, eso incluye a las que se han radicado en la isla por trabajo hace más de quince años en algunos casos. En todo caso, las cocineras tienen un peso gravitante a la hora de comistrajo y la “ssé”, con suculentas empanadas, chapaleles, milcaos y anticuchos, son parte ineludible de la fiesta que se prolonga bien avanzada la noche.
Y es que las carreras como ocasión son una fiesta que mezcla horas de debate, por cada uno de los apenas 20 segundos que dura la galopada (no hay más de tres o cuatro carreras por jornada), todo eso bien comido, tomado y apostado. Participar del evento bien vale la pena, ya que es un colorido devenir de detalles sorprendentes, que sirven de ante sala para cada trance. Olvídese del “precalentamiento previo” de nuestro futbolizado país, esto convierte en ceremonia cada minucia que uno pudiese considerar banal, al punto, que todo se habla en una jerga propia y hermética.
Me acercó a la barra y tengo la palabra foráneo escrita en la frente, de algún modo eso me facilita las cosas porque a cada momento alguien me salva con “explíquele al amigo”, escucho historias todas de caballos, quién es el preparador de qué caballo, de la vez que tuvieron que llamar a carabineros porque el público descontento quería “dárselas” al jinete. -“es que aguanto a la yegua”-, me explica uno enfático, lo que significó la derrota de la favorita y la pérdida de plata de la mayoría de los apostadores.
La tarde transcurre en estas charlas que lo que buscan es darle información a los involucrados, de hecho, muchos de los asistentes son dueños de caballos que no corren esa tarde, pero que van a pesquisar posibles contrincantes. Se pregunta a ¿quién le ganó éste? (sin tono despectivo), porque cada dato es importante para quienes pactan una competencia cada domingo. Todo es tan serio que los acuerdos no son solo de palabra sino ante un notario estipulando los términos de la justa. “Ésta dio herradura, por ejemplo” me explican. Significa que el animal que aparecía con más ventaja llevaba herradura de trabajo, y la otra yegua, de aluminio que es más liviana. Incluso un dueño para emparejar las cosas puede dar la prerrogativa de apostar no sólo que su corcel ganará, sino que lo hará por más de un cuerpo, esto es dar “la cortaá”, que implica que entre la cola del animal y la cabeza del otro pase la luz.
En medio de la explicación del glosario básico todo el mundo se levanta para irse a un costado de la cabaña cantina, parecía que iba empezar otra competencia no programada, por lo que se forma un alboroto de señales y gritos. Falsa alarma, vuelve la familiar paz chilota y la animada charla que se prolongará con los pedidos por empanaditas o milcaos.
Como un resabio del fogón chilote prácticamente extinto, el sentido de convivencia aún no deja a sus sureñas almas del todo. El caballo, la fusta y la fugaz emoción del galope ligero del jinete, son excusa para que el sustrato más íntimo de los chilotes vagabundee libre, entre anécdotas y noticias de vecinos lejanos, como en la vieja cocina chilota, llena de voces y formas de hablar antiguas, tanto que uno se reconoce espectador de fósiles culturales, quizás al borde de desaparecer por una avalancha foránea y avasalladora a la que nosotros mismos pertenecemos. Se me atraviesa una pregunta que callo, prefiero escuchar, humildemente.
San Juan
Carpinteros de orilla y fogón Chilote
Quizás uno de los imperdibles de Chiloé sea este pueblito, ubicado a unos
Entre el ruido de moto sierra y herramientas manuales, conversé con Don Abel Bahamondes, calafateador con más de 20 años de experiencia, que comparte un descanso conmigo. Don Abel, se dedica a poner la mezcla de juntura entre los torneados tablones de mañío o ciprés, con que se hace el casco de estas tradicionales embarcaciones, “las mejores lanchas han salido de aquí de San Juan” lanza y argumenta que “por eso siempre nos siguen encargando”.
En este rincón existe una organización muy amateur, para recibir a los turistas, lo que tiene de ventaja, la cordialidad con que cualquiera del pueblo, le cuenta qué hace, cómo vive, y dónde se está. Un lugar que junto a su inminente riqueza natural, posee la intangible belleza de su cultura, aflorando en la charla, la comida, y seguramente, en las cosas de cariño, también.
Para garantizar una exitosa visita, llame a las mujeres de esta comunidad que reciben turistas a través de su agrupación “Coquihuil”, a Doña Blanca Bahamondes, al móvil 88666570, puede pedir con lo esperen con platos típicos preparados en su fogón, o ver la posibilidad de albergarse en sus casas, recibiendo la comida que ellos mismos consumen y en algunos casos, también producen.