Me gustan las celebraciones, el boche, el ruido, la música tropical sin trópico de nuestro Chile. Como muchas de esas cosas que tenemos instituidas como parte de la fiesta el “Champagne” es una de ellas, que en rigor, debemos llamarle espumeante o vino espumoso,- porque Champagne es la región franchute a la que corresponde esta denominación de origen, no el vino-, consideración que para el caso da exactamente lo mismo.
Las burbujitas de esta bebida, en nuestro país son un ruidoso corolario de emocionados discursos, tremendas celebraciones o como bienvenida del nuevo año. Por lo mismo, su paso es efímero. Se apaga rápidamente luego de esa erupción blanca y frenética, lo descartamos como un buen aperitivo, o como acompañamiento de una comida, lo que incide en ue su venta y oferta sea limitada.
Los grandes del mercado local acaparan buena parte de su producción, por lo que es maravilloso encontrárselo bajo otra marca, mucho más cuando la etiqueta es de la región de O'Higgins. Hace rato que en la góndola del súper, esta botella de viña La Rosa, me guiñaba deliciosamente como la desvergonzada doncella al galán de turno. Debí dejar pasar el exceso de emoción para imponer el recato del crítico, no sé si lo he conseguido.
Pues bien, este espumeante del valle del Cachapoal es elaborado con cepa chardonnay, -no declara ninguna cepa más-. Es un brut lo que significa que posee una baja adición de azúcar para la segunda fermentación, que es la clave para que un espumoso cree sus burbujas, ya que el gas carbónico en vez de ser liberado en este proceso, se incorpora al vino. Dicho esto, debo contarles que el descorche fue como impone la academia, esto es, sin mayor ruido. Falto la emoción a decir verdad. Una vez servido en una copa flauta, lo veo burbujear brevemente en la c
orona, pero desde el fondo de la copa emergen las características columnas o rosarios y su seguidilla de pequeñas burbujas en ascenso. Pinta bien la cosa. Su color es un tenue amarillo oro, con trazas verdes. Ya en nariz, sus primer
as notas frutales a melón y piña son acompañadas de la levadura que es una característica de estos vinos. Al llegar a la boca lo claro y refrescante de sus finas burbujas bailan en el paladar sin estridencia, con un dejo sedoso, ya al final vienen las notas verdes y amargas.
Es perfecto, tanto para acompañar el tradicional brindis como para ocuparlo junto a ensaladas, mariscos y pescados no muy grasosos. Hay que arriesgarse a tenerlo en la mesa, no solo en las celebraciones, aunque las sensaciones que nos dé puedan terminar en fiesta.
según el comentario del experto...inmediatamente dan ganas de ir por una botella al supermarket, pero me aguantaré 20 días y lo llevaré a mi terraza junto a unas ostras y algo de charchueria-(contraste)- para celebrar, junto a mi amada, como dios manda, un nuevo san valentin.
ResponderEliminargracias señor de los vinos.
ah! una ves probé un champagne de merlot... podría ser que la elección de hacerlo en este valle con chardonnay no fuere la mejor????...de todas formas hay que probarlo.
ResponderEliminarah! y para usted, muuucha SALUD!